Jiu Jitsu
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La defensa personal como derecho

De porqué el jiu jitsu salvó mi vida

El despertar de las mujeres iluminó consignas que se asumieron como obvias, no obstante, siguen sin respetarse. Particularmente, una de las consignas que llamó poderosamente mi atención es “Mi cuerpo es mío”. No es la primera vez que reflexiono al respecto. ¿Cuándo mi cuerpo fue mío? ¿Desde cuándo? Desde que empecé a entrenar jiu jitsu. La respuesta es clara. Me sentí dueña de mi cuerpo cuando lo eduqué. Siendo que todas las mujeres que habitan este mundo, sufrieron algún tipo de ataque, abuso y/o invasión a su espacio personal, ¿por qué será que no nos educan en defensa personal?.




Una de las incomodidades que develó el feminismo tiene que ver con la relación de las mujeres con su cuerpo. Desde temprana edad se condiciona, se condena, se corrige y se demanda al cuerpo de las mujeres y niñas, una arista diversa de ridiculeces infundadas. Sexualización, discriminación, desinformación, sometimiento, entre numerosos otros actos y humillaciones. “¿Cómo puede ser que tanto daño les hayan hecho?” “¿Acaso son boludas las mujeres?” No, estamos desinformadas por este sistema patriarcal, al cual le somos funcionales, si y sólo si, nos sentimos débiles, nos mantenemos maleducadas y separadas.

La construcción de la defensa personal es un ejercicio constante y continuo. Esto no tiene que ver con dar piquetes de ojo, patadas en entrepiernas y agarrarse a las piñas. Vale (muchísimo) la aclaración. Porque la mala información es peor que la falta de ella. No se aprende de un día para otro. Son respuestas que se adquieren a partir de la plena conciencia de su necesidad. Hay un rango casi infinito de sistemas de aprendizaje, con raíz en diferentes artes marciales. Desde mi experiencia, me quedé con lo que más me gusta practicar, que es el jiu jitsu. Entendiendo la variedad, creo que la mejor opción es aquella que una pueda llevar acabo cotidianamente. Si bien el camino que elegí es entrenar jiu jitsu, la revelación que me dio saber defenderme me cambio  la vida.

Sé defenderme porque me quiero. Quiero a mi cuerpo. Los límites los pongo yo. La distancia que quiero tener con cualquier desconocido es de dos brazos. No hay razón por la que lo quiera más cerca. Si alguien se acerca, está traspasando mi propio límite. Aprendo a leer qué intención tiene. Sé que herramienta usar si corre un poco el límite, si lo corre del todo, si me avasalla. Pero lo primero es identificar ese límite. Estar en contacto con la intuición. Sin embargo, si nuestra intuición y autopercepción también está supeditado al ojo y a raciocinio patriarcal, seguimos expuestas e indefensas.

Más allá de todos los sistemas de aprendizaje disponibles, hay herramientas básicas, las cuales deberían ser incorporadas a la educación pública de todo niñx y sobre todo, de jóvenes mujeres en etapa de crecimiento. Advertencia: cuando escribo esto, no me imagino una lluvia de Bruce Lees violadores atacando en cada esquina. Las herramientas de las que hablo no son para enfrentar una pelea. Es para evitar las peores situaciones. El paso más importante es el previo. Importante es quererse tanto como para salvarse. Quererse para no tener miedo. El miedo paraliza. El saber te mueve.

Cuando escribo esta nota y pienso en ejemplos, mi mente saltea los intentos de robo callejeros. Se me viene un momento de conexión casi inédita conmigo misma. Cita con un random. Incómoda desde el principio. No me gustaba ni ahí. Vamos a su pieza, me empieza  a besar y pienso: ¿por qué estoy acá?. Le explico que mejor me iba, que no me sentía bien. El chabón se paró, me acompañó a la puerta y adiós. Me paré en la vereda con una sensación de éxito y alegría. Sí, podría haber sido un violador. Tenía los conocimientos básicos de como sacármelo de encima. Primero, confié en mí. En la primera voz de la intuición que me dijo: “nena, vos no querés estar acá”.

Paso uno, me quiero. Paso dos, me escucho. Paso tres, me defiendo. Educar mi cuerpo en función de mi defensa personal, aprender a luchar con varones y mujeres en un contexto cuidado, encontrarme haciendo contacto visual en la calle, de a poco dejar de tener miedo, saber cuándo estar alerta y responder que quiero, cuando lo quiero. Son aprendizajes que me dio el jiu jitsu. Hoy (y siempre) mi cuerpo es mío y con él hago lo que quiero. Y lo que sé, también.

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