Foto por: a-pocalipsis
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El vecino violento

Cuando una situación de violencia de género nos encuentra del otro lado de la pared

La otra noche escuché gritos en el departamento continuo al mío. Gritos de un hombre que le decía a su pareja, cosas fuertes. “Anda a hacerte matar” se escucha, luego la voz de un niño que grita: “Papá, papá”. Me quedé escuchando sin saber qué hacer. Es ahí cuando interviene un vecino con un movimiento sencillo, toca el timbre y pregunta: “¿Qué pasa?”. “Nada!”, responde el hombre desde dentro. “Quiero ver que tu señora este bien” insiste el vecino. A lo que el gritón abre la puerta y dice: “Estoy discutiendo con mi mujer, ¿cuál es el problema?” ambos vecinos retornan a sus hogares tras esto y cesan los gritos.

Días después esta escena insiste en mi cabeza, ¿cómo cuál es el problema? ¿Una discusión? Eso no es una discusión, ¡es agresión!.

Cuando una pareja discute nos encontramos con dos personas que tienen una diferencia y hablan, usualmente con el objetivo de solucionar esta diferencia. Se necesitan dos que puedan hablar, decir, opinar y escucharse, aún cuando haya mucho enojo.



Distinto es cuando alguien grita y el otro está en silencio, cuando se presiona, insiste, manipula o agrede al otro. Distinto es insultar, ridiculizar, agredir físicamente u obligar a hacer prácticas que no gustan. La diferencia es tan clara que lxs espectadores (o en mi caso oyente) la notamos en el cuerpo. Nos pone incómodxs, nos presiona el pecho y nos hace preguntar, ¿intervengo?. Algo nos convoca ahí.

Todos nos encontramos en algún momento con una pareja que se está peleando. Llama la atención, le decís a quien tenés al lado: “Mira, esos dos”, incluso pueda dar curiosidad el motivo de la pelea y a veces hasta risa. Pero cuando estamos ante una situación de violencia es distinto, nos detiene, nos conmueve. Notamos que algo es raro o fuera de lugar. No da risa. Hay que prestar atención a esa sensación.

La violencia de género no es de instancia privada, es un delito en nuestro país (ley 26485). Que se ancla en tratados internacionales, porque el problema es importante y es igual en todo el mundo. Es transversal a culturas y niveles socio económicos. Y las consecuencias son gravísimas.

Para que haya violencia tiene que haber un violento, desechemos de una vez por todas que una mujer víctima lo es porque le gusta. Pensemos mejor qué circunstancias la obligan a quedarse en una situación en la que nadie querría encontrarse y ayudemos a cambiarlas.

Si ves una situación de violencia y querés ayudar, podés ofrecerle una salida a quien está siendo violentada. “Estas bien?”, “¿Querés que llame a alguien?”, “¿Necesitas ayuda?”. Son preguntas posibles, ya que funcionan como intermediarias a la situación que está viviendo. No te enfrentes al agresor, hay mejores resultados poniéndose del lado de la víctima, mostrándole que no está entrampada[1],que puede salir. Si la víctima quiere, podés llamar a la policía y acompañarla en todo el proceso. Si no quiere llamar a la policía, respeta su decisión (siempre que tenga la libertad de hablar y decidir, si la situación es grave y su vida corre riesgo llama sin dudarlo).

No insistas con la denuncia, esta instancia solo sirve si la víctima se reconoce como tal y está lo suficientemente fuerte emocionalmente como para poder hacer un cambio. A veces poder hacerlo requiere varios movimientos, incluso varias separaciones, esto no tiene nada de malo. Es parte del proceso de terminar una relación con alguien que sistemáticamente ha corrompido la posibilidad de pensar en el bienestar de uno. Que ha puesto en duda todas las ideas y opiniones, al punto en que en algunos casos solo se han formado una idea del mundo mediada por él.

Cuando mi vecina la estaba pasando mal me vi detenida, no pude más que escuchar. Trabajo a diario con casos de violencia, pero tan cerca de casa me paralicé. El vecino que llegó a interrumpir la escena intervino en un punto álgido de la situación, si bien es cierto que las agresiones se detuvieron en ese momento, no detiene la violencia cotidiana que esta familia esta viviendo. De ese proceso solo puede salir la víctima, reconociendo su situación y armando redes para avanzar, es ahí donde uno se puede sumar. Informar sobre espacios donde buscar ayuda, ofrecerse para ayudar en los momentos en que requiera asistencia y estar presente. Hacer oídos sordos, no intervenir porque se considera algo íntimo de la pareja, o pensar que si se queda es porque le gusta, es ponerse del lado del agresor, es colaborar con que el problema sea cubierto, tapado para quedar no resuelto.

Si te encontraste presenciando una situación de violencia y, como yo, no pudiste o no supiste cómo reaccionar, la próxima tenés chances de hacer algo. Porque lamentablemente, los números que maneja la oficina de violencia doméstica[2]  e instituciones que trabajan con la problemática, nos indican que es muy probable que te vuelvas a encontrar con una situación así.

Las victimas de violencia recorren un largo camino hasta poder salir de su situación, estar a su lado acompañando desde donde cada unx pueda es fundamental para que ese camino sea menos tortuoso.

[1] Utilizo el término “entrampada” porque nos remite a pensar en las trampas que se le presentan a una víctima en su situación, trampas puestas por su agresor y por el sistema patriarcal en el que estamos inmersos.

[2] Estadísticas Oficina de Violencia Domestica.

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